Nos veremos en el cielo. Carta de Diego.

 

Hace pocos días, salió a la luz la carta que Diego dejó a su familia momentos antes de tomar la decisión de saltar por la ventana y quitarse la vida con tan solo 11 años de edad. En esta carta, aparte de despedirse de todos su familiares, el chico decía que no quería volver a ir a clase y que la única forma de hacerlo era esa, no vivir más.

Así de duro es. Un niño con toda su vida por delante, no quiere ir al colegio por algo que sucede en él y decide suicidarse. Cuando uno lee esto piensa… ¿Qué narices está pasando en ese colegio? ¿Qué ha tenido que vivir ese niño para tomar una decisión tan complicada? ¿Por qué nadie se ha dado cuenta de lo que estaba pasando? O peor aún… ¿Por qué nadie, sabiendo lo que estaba pasando, no ha hecho nada por solucionarlo?

Al parecer este chico era víctima de acoso escolar. Un problema que, por desgracia, no nos resulta para nada raro. Diego salía de clase corriendo y en cuanto encontraba a su madre, le decía que quería irse de allí cuanto antes. Su madre, que sospechaba algo de lo que ocurría, llevaba a su hijo a casa y le protegía, como es lógico. Aquí es donde encontramos el gran problema: por qué nadie hizo nada para procurar que esto siguiera sucediendo en vez de, “simplemente”, sacar corriendo al chico de clase a diario.

Diego llevaba una vida “aparentemente plena” en cuanto a su relación con la familia. Leyendo la carta, parece que para él, sus padres, su hermana, su abuelo, y toda su familia son un pilar básico en su vida. Se podría decir que la familia es ese sustento (apoyo, colchón, seguro… cualquier palabra que indique seguridad nos vale) que logra hacer las caídas más amenas y recarga  nuestras pilas cuando las fuerzas parecen abandonarnos. La familia sigue siendo algo imprescindible en la vida de una persona, pero en la sociedad en la que estamos ¿es esto suficiente? Estaremos todos de acuerdo, a la vista de lo sucedido, en que no lo es.

Es esta la causa que llevó a Diego a tomar la dura decisión de quitarse la vida. Porque por muy bien que estés con tus padres, tu hermana o tu abuelo, hay algo más que todo esto: los amigos. Aquellas personas que sin ser de tu misma sangre y sin tener nada que ver con tu genética llegan a tener el mismo valor en tu vida que incluso tu familia. Esto es algo que bajo ningún concepto debe cambiar, ya que es algo que nos hace crecer como personas. El problema viene cuando estas amistades (llamémosle mejor compañías) se vuelven en tu contra y hacen que te sientas incómodo en ciertas situaciones e incluso hacen que, lo que en principio deber ser una evasión, sea todo lo contrario: un suplicio, como en el caso del acoso escolar.

Se preguntarán entonces… ¿cómo podemos cambiar esta situación si las amistades son algo que no deben cambiar? Desde mi humilde opinión, creo que no se trata de cambiar la situación cuando ya está ocurriendo, sino de prevenir que todo esto llegue a ocurrir.

Llevo todo este artículo hablando de “acoso escolar” y estoy completamente seguro de que ninguno de los que habéis leído esto ha tenido que ir a Google para saber lo que es el acoso escolar y, peor aún, ninguno se ha sorprendido porque un chico sea víctima de él. Y muchísimo peor aún, estoy seguro que a todos nos viene rápidamente un ejemplo a la cabeza de algo que hayamos oído o visto cerca nuestra. Ese es el gran problema, que estamos en una sociedad en la que cosas como esta son ya normales y no queremos plantarle cara al problema. La única forma de hacer que chicos como Diego no sufran más, no es evitando el problema o haciendo que los que abusan sean castigados. No, esa no es la solución. La solución es educar a nuestros hijos para que ni tan siquiera se les pase por la cabeza hacer daño a un compañero suyo. Se trata de inculcar valores, de enseñar que hay cosas que no están bien y de hacer ver que hay ciertas conductas que bajo ningún concepto tienen que darse. Es fácil si tanto familia, escuela y sociedad se juntan por ese fin.

Así que espero que el caso de Diego no se quede en un simple caso más de acoso escolar. Espero que esto sirva para que la sociedad se dé cuenta de que hay unos valores que hay que enseñar y que no se aprenden por arte de magia y también que esta reflexión haga que nos demos cuenta de que esto es urgente y no debemos posponerlo por más tiempo.

Y espero sobre todo que, como pone Diego en su carta “un día él y su familia puedan volver a verse en el cielo”.

 

Por Alfonso Leán Marín y Rubén González Monreal (Alumnos prácticas UPAD).

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