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El miedo a fallar en el deporte de competición

El deporte es un contexto donde caben múltiples variables, acciones, resultados; donde en un pequeño espacio de tiempo se deciden tanto la victoria como la derrota, como el éxito y el fracaso, separados únicamente por una serie de pequeños detalles que decantan la balanza de un lado o de otro.

Estas son algunas de las frases tópicas que escuchamos a la hora de hablar de deporte pero, si buscamos dar una explicación a lo anteriormente mencionado encontraremos muchas cuestiones a las cuales aún no le hemos dado una respuesta clara, muchas de las cuales tienen su origen en las primeras etapas de formación ¿Por qué ante una misma situación del juego cada jugador puede decidir de un modo distinto? ¿Qué lleva a la presencia de jugadores activos y pasivos en el juego? ¿Por qué algunos niños piden constantemente la pelota mientras que otros rehúyen de participar? ¿Por qué algunos asumen tirar a puerta habitualmente mientras que otros no son aparentemente capaces de afrontar la situación? ¿Por qué ciertos jugadores eligen tirar un penalti y otros se sienten superados por sus nervios?

La toma de decisiones y el miedo a fallar

Dentro del gran abanico de explicaciones y elementos que influyen en ese proceso de toma de decisiones, en el presente artículo nos vamos a centrar en el miedo a fallar, así como la influencia que éste tiene en la toma de decisiones durante el juego y en el desarrollo técnico-táctico y psicológico del deportista.

El miedo a fallar constituye, más que una emoción, una creencia del sujeto asociada a una respuesta de miedo ante la posibilidad de cometer un error a la hora de decidir. De este modo, el deportista, ante una situación en la cual su decisión es susceptible de ser correcta o errónea, siente miedo ante la posibilidad de errar, obviando que también existe la posibilidad de tomar una decisión exitosa. Este miedo es originado tanto de forma interna, a partir de los propios pensamientos del sujeto, como externa, a partir de la influencia del entorno social del deportista (el hecho de vivir en una sociedad que fundamenta el éxito en base a los resultados y no tanto en el rendimiento, la influencia del entorno familiar a la hora de dar valor a los aciertos o los errores, la influencia de nuestros iguales en etapas del desarrollo en las que para los adolescentes esta opinión es crucial, etc.); de modo que todas estas variables en conjunto juegan un papel importante a la hora de conformar este estado de miedo anticipatorio al fallo.

Por otro lado, la influencia que puede tener el miedo al error en el deportista es muy diversa, ya que puede ir desde el abandono de la práctica del deporte hasta un estancamiento en su desarrollo deportivo, impidiendo que pueda explotar todo su potencial. El caso más drástico de la presencia del miedo a fallar, puede derivar en la desmotivación del jugador hasta niveles en los que la práctica del deporte suponga una situación desagradable que genere un alto índice de ansiedad y la imposibilidad de poder encontrar ningún índice de divertimento o satisfacción por creer que sus errores tienen consecuencias desproporcionadas y son una situación que de ningún modo puede permitir que ocurran.

Por otro lado, el caso más general a todos los niveles, ya sea en categorías inferiores o incluso a nivel profesional, el miedo a fallar puede ocasionar que el deportista presente un desarrollo de su potencial significativamente menor al que podría presentar si observase el error como algo inherente al propio desempeño deportivo o como una oportunidad de aprendizaje y no como algo vergonzoso e inadmisible. Estos deportistas suelen masificar sus errores y, en el desarrollo del juego, suelen focalizar parte de su atención en pensamientos relacionados con las “posibles” consecuencias negativas de sus decisiones, frente al hecho de analizar la situación del juego para decidir del mejor modo en consecuencia. Es decir, suelen pensar más en lo que “podría ocurrir” y no en lo que sucede “para actuar”, por lo tanto no dedican en esos momentos el 100% de atención a la tarea que están llevando a cabo, favoreciendo así precisamente la comisión de aquellos errores que tanto temen.

Cómo trabajar el miedo a fallar

¿Qué podemos hacer como entrenadores, padres, compañeros o propios deportistas afectados al respecto? Uno de los primeros pasos es asumir que en el deporte, como en la vida, los errores están a la orden del día, ya que la maestría conlleva el aprendizaje que estos errores nos aportan. Nadie nace dominando una técnica, como ningún estudiante nace sabiendo sumar, leer o multiplicar, ya que todas estas destrezas se desarrollan cometiendo aciertos y errores, ya que son parte natural de nuestro proceso de aprendizaje. Por otro lado, es preciso que desdramaticemos el error, ya que solemos tomarlo por una situación inadmisible que nos hace débiles, menos capaces o un motivo de vergüenza, y pasar a entenderlo como una oportunidad de apertura y aprendizaje para recalibrar las estrategias que tomamos a la hora de decidir, con el objetivo de aproximarnos al rendimiento óptimo. Entender que, por tanto, los errores no nos marcan o etiquetan, sino que son pasos y caídas en nuestro desarrollo, que tenemos que superar y de las cuales tenemos que levantarnos habiendo aprendido para no volver a tropezar. Finalmente, más allá de analizar los errores de éste modo diferente, es preciso que entendamos que el hecho de pensar en el error nos resta capacidad de atención para la tarea que estamos realizando, la cual requiere nuestro 100% para desempeñarnos de la mejor manera, por lo que debemos fomentar que el jugador piense en lo que tiene delante, en el momento presente, y no desvíe su atención hacia la imaginación de situaciones hipotéticas que pueden no llegar a ocurrir nunca.

De este modo, podemos concluir que, a diferencia de lo que muchas veces pensamos o, incluso, a diferencia de lo que pensábamos escasos minutos antes de leer estas líneas, el error puede encerrar elementos muy positivos para nuestro desarrollo si sabemos interpretarlo adecuadamente. Tal y como decía Woody Allen, «el único hombre que no se equivoca es el que no hace nada, el que no arriesga».

Por David Vígara.

@david5vigara

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