La perfección: el arte de amargarse la vida

La perfección: el arte de amargarse la vida

En los tiempos que corren, resulta bastante frecuente encontrarnos en nuestras consultas de Psicología, con un perfil de personas de los que a priori se autodenominan “autoexigentes” o “perfeccionistas”, que experimentan numerosas frustraciones o insatisfacciones cotidianas (según sea su nivel de ambición), por uno u otro motivo, en los diferentes ámbitos vitales en los que vuelcan sus exigentes e irrealistas expectativas. Lógicamente esto les afecta a su bienestar personal.

Influencia de la perfección en nuestro bienestar

Si acudimos a la etimología de la palabra “perfección” (algo que frecuentemente persiguen este tipo de personas), este concepto hace referencia a la acción y efecto de hacer algo por completo, como si cualquiera de las cosas que pudiésemos emprender, dejase de poder ser siempre mejorable. Perseguir este tipo de utopías o ideales, como pueden ser otros conceptos abstractos del estilo, como la libertad, el amor o la justicia, resultan per se una quimera. Si tratamos de comparar los diferentes resultados que se obtienen en los diversos desafíos vitales que emprendemos, con el ideal previo basado en la autoexigencia o la perfección, nos encontraremos habitualmente frustrados en el empeño. No obstante, como se adelantó con anterioridad, este tipo de personas continúan tropezando una y otra vez con la misma piedra, considerando “fracasos” a experiencias (incluso diría necesarias), para aprender y continuar mejorando.

Lo más probable que suceda, cuando basamos nuestras expectativas en listones de tal magnitud, es que a la mencionada búsqueda de perfección, le acompañe el sentimiento de frustración asociado, por el “hecho” de haber “fracasado” en el empeño de alcanzar, lo que en sí mismo resulta imposible. Como fieles compañeros de viaje de la mencionada frustración, se encuentran habitualmente vinculadas dos posibles reacciones emocionales:

  1. La culpa por haber errado, en el caso de que nos responsabilicemos en primera persona de la situación.
  2. La ira hacia aquello/s que nos impidieron lograr el tan anhelado objetivo, en el caso de que responsabilicemos a terceros (al destino, la suerte o Dios por ejemplo).

En cualquiera de ambos escenarios, nos quedará la desazón subsiguiente por la decepción autoimpuesta ante semejantes pretensiones.

¿Pero de donde proviene todo esto? ¿Por qué íbamos a querer amargarnos la vida de esta manera?

¿Cuál es el origen de la perfección?

Vaya por delante que, obviamente, ninguna persona que tienda al perfeccionismo, es consciente a priori de su responsabilidad en todo este asunto. En cierta manera, se podría decir que somos esclavos de nuestras propias necesidades y, en este caso, nos referimos a la necesidad de reconocimiento, bien sea propio o ajeno. Sea cual sea el caso, el perfeccionista es esquivo a la aceptación del reconocimiento en función de cuál sea su origen:

  1. Si su origen es externo, es decir, nos lo brindase una tercera persona, la persona que manifiesta este perfeccionismo disfuncional suele llegar a sentirse incómodo por lo que él considera un engaño, pues en realidad, no es éste el reconocimiento que necesita.
  2. En el caso del reconocimiento de origen interno, no se suele llegar a producir porque la persona perfeccionista, no suele estar satisfecha nunca con los resultados, pues sean cuales sean, estarán lejos de la ansiada perfección y en el caso de que se haya logrado el objetivo final, será precisamente lo que se debía de hacer, por lo que el espacio para saborear esa victoria quedaría reducido a la sensación del deber cumplido.

He aquí el gran problema del perfeccionismo disfuncional…, se enredan en un bucle de obligaciones, miedos y frustraciones que, aún alcanzadas, nunca se terminan de disfrutar. Se enfrentan a sus objetivos con miedo a fracasar, ante lo que ellos mismos consideran una obligación y, ante el más mínimo error cometido, experimentan la frustración de sus expectativas y se sienten habitualmente culpables por haber sido tan estúpidos, mediocres o lindeces por el estilo. Vocabulario fruto de la frustración más o menos momentánea.

¿Cómo se puede uno liberar de tales sufrimientos?

Ante todo, es importante aprender a conocerse. Identificar y aceptar el origen de nuestras necesidades. Y emprender un camino de constancia en la creación de nuevos hábitos de pensamiento, que faciliten nuevas maneras de enfrentarse a los objetivos que perseguimos. Aprender a buscar lo que se necesita, donde verdaderamente se encuentra y liberarnos del sufrimiento autoinducido. Para ello, siempre es bueno contar con la ayuda de un profesional de la psicología que pueda acompañarnos en este difícil trance, que sepa deshacer esos posibles “nudos” o simplemente, que nos ayude a encontrar claridad ante la confusión, calma ante la angustia y aprendizaje ante la frustración.

“Conócete, acéptate, supérate”

San Agustín

Por Carlos Rey García

@CarlosReyPsicoa

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