Psicología Social: el enfrentamiento ante ideas diferentes

Psicología Social: el enfrentamiento ante ideas diferentes

Cuando estaba en el colegio, una compañera me preguntó: “¿tú de quién eres, del PSOE o del PP?” Yo, que no tenía idea de qué responder, ya que lo único que sabía era que se trataba de partidos políticos distintos, dije uno al azar. Aunque no recuerdo sus palabras, la reacción que tuvo, (imagino que poco fundamentada, pues éramos niños), fue de desaprobación frente a mi respuesta. Parecía que yo estuviera equivocado, aun sin que ni ella ni yo supiéramos bien por qué. Sin embargo, lo que sí sabía era que “debía” dar una respuesta correcta, como mínimo para no quedar mal. ¿Era realmente malo el hecho de posicionarse en un lado y no del otro, aún sin tener mucha idea de lo que implicaba? ¿Cómo ifluyen nuestros pensamientos y comportamientos en la realidad social?

Si ponemos el ojo en nuestros comportamientos habituales, parece que sí. Solemos posicionarnos en un “bando”, y cuanto más nos sentimos pertenecientes a él, más nos vamos distanciando de lo que consideramos “diferente”. Además, esa tendencia a defender “lo nuestro” por encima de todo y, sobre todo, por encima de los demás, hace que se acentúen esas supuestas diferencias. Tanto, que muchas personas, a raíz de sus discrepancias sobre algo de tanta relevancia subjetiva como es la política, terminan por ser tan contrarios que, el hecho de no quedar por encima del otro pareciera herir su orgullo. En casos más extremos, pero nada más lejos de la realidad, nos encontramos este tipo de disputas.

Pro Trump vs Anti Trump

¿Cómo pasamos de posicionarnos en un bando a enfrentarnos directamente con el otro? ¿Por qué el hecho de tener ideas distintas termina por crear batallas de personas vs. personas?

Nuestra naturaleza social

Definimos nuestra identidad en base a varios aspectos que conforman nuestra vida (aspecto, personalidad, trabajo, hábitos, gustos, valores, ideas, cultura, etc.) Además, al ser nuestra naturaleza inherentemente social, uno de los rasgos sobre los que podemos definir nuestra identidad, es el sentido de pertenencia al grupo, es decir, nuestro “yo social”, y la diferenciación que surge de este con respecto a los demás.

Existen muchas definiciones del concepto de grupo. Básicamente, hablamos de grupo cuando un conjunto de personas interactúa con frecuencia, tienen objetivo común y entre ellos existe una percepción de atracción, proximidad y semejanza (compartir valores, pensamientos, significados, etc.). Por ejemplo, el grupo más primario es la familia, donde la interacción es tan relevante que algunos consideramos necesarios. Fuera de esta, existen otros grupos de los que formamos parte (amigos, empresa en la que trabajamos, compañeros de clase, equipo de fútbol, etc.). Del grupo, surgen estructuras y procesos que van más allá de la suma de los individuos.

Procesos psicosociales que contribuyen al conflicto

Con la formación del grupo surge una conciencia colectiva. Es decir, una mentalidad normativa con la que todos estamos de acuerdo y a la que nadie quisiera perturbar. Cuanto más identificado se sienta uno con el grupo, mayor es su conciencia grupal, y percibirá menos válidas otras posibles alternativas.

El cerebro necesita orden, por lo que tiende a categorizar. Además, quiere hacerlo rápido y sin mucho sufrimiento, para lo que se sirve de sesgos cognitivos: atajos que utiliza nuestra mente para procesar información en cantidades industriales sin colapsarse.

La mera conciencia del grupo hace que categoricemos a los componentes del nuestro (sin ser siquiera necesario interactuar con ellos) como “distintos” de los miembros de otros grupos, y para esto sólo nos hace falta los datos más salientes, relevantes o típicos. Además, al no tener interés por el grupo opuesto, no lo conocemos, formamos una concepción más simple de sus integrantes y tendemos a considerarlos como más homogéneos, como si entre ellos tampoco tuvieran diferencias. De esta forma establecemos prototipos de lo que son las personas, del los cuales surgen los prejuicios que se le aplican a las personas en tanto que pertenece a un grupo.

“Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”

Albert Einstein

La acentuación de estas distinciones lleva a tal distanciamiento, tanto físico como psicológico, que puede conducir a una dicotomización (“eres A o eres B”), y cuando nos situamos en un extremo, cualquier discusión suele hacer que terminemos por situarnos más al extremo que antes, de manera que nuestras ideas acaban siendo más intensas que las previas o más polarizadas.

A esto se le suman sesgos de atribución, por los cuales tendemos a considerar que un grupo tiene malas intenciones y el otro, – cómo no, el nuestro – es el bueno.

Así, con el fin de mantener esa identidad social positiva, nuestras estrategias van desde favorecer al propio grupo, percibiendo sus acciones como más positivas, hasta el desinterés moral y la deshumanización del grupo opuesto (Martín Baró, 1893; Moreno, 1993b), y cuando median emociones negativas tales como el miedo o la ira, pueden surgir este tipo de luchas encarnizadas.

Por si fuera poco, esta situación de conflicto intergrupal contribuye al aumento de la cohesión dentro del grupo propio, lo que posiblemente perpetúa este círculo que poco tiene de virtuoso.

Mirando más allá de las categorías

Según Sherif (1969), los conflictos pueden ser irreales (cuya base no es la lucha por los recursos, sino más bien, errores comunicativos o de percepción). Por otro lado, los estudios de Tajfel y Turner (1979), muestran que sólo el sentido de pertenencia hace que las personas actúen en función de ello, incluso pese a estar poco asentados. Parece que el hecho de pertenecer a un bando y rechazar el otro sienta las bases de un posible conflicto, entendiendo este último como una consecuencia asociada a objetivos o metas incompatibles, en las que están involucradas al menos dos partes.

Conocer estos fenómenos nos permite explicar algunas de nuestras conductas que, pese a parecer tan naturales y correctas, nos pueden estar llevando a errores manifiestos en nuestra vida diaria. Entre otros, a enfrentarnos con personas que pueden estar compartiendo con nosotros mucho más de lo que inicialmente pudiéramos pensar (personas, al fin y al cabo).

Por Ángelo Andre Centeno.

@97perezandre


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

Moreno Martín, F. (2018) Psicología de la persuasión y del conflicto. Parte 2. Conflicto, mediación y negociación, 2, 35 – 66.

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